miércoles, 10 de diciembre de 2014

SARA, RAÚL Y EL DUENDE II.

Un rayo del triste sol del atardecer de otoño hizo brillar una hoja en la planta de la única maceta que decoraba el alféizar de la única ventana de la habitación en la que él y el duende se sentaban a escuchar el rumor apagado del mar gris de los últimos meses del año. Inmersos en la monotonía de estas tardes, de vez en cuando, el duende y él, se miraban sin hablar, casi sin pestañear. Supongo que ambos pensaban en los calurosos días del pasado verano cuando todo se había vuelto del revés para volver a ponerse del derecho remontando con dolor olas verdes, una tras otra, una tras otra hasta hacerse daño en la musculatura marchita de años y desidia.
Cuando volvió a finales del verano, como le gustaba hacer desde la primera vez que retomó el mar, los buscó con ojos ávidos forzando sus pasos hacia los lugares en los que había observado cientos de veces hacerse carantoñas. En aquel momento pensó que aquellos gestos de adolescentes prematuros recién llegados a un mundo de adultos que va demasiado rápido daban cuerda al mundo sin ser conscientes de ello.
Pasaron los días, sus vacaciones se agotaron entre olas que no llegaban y conversaciones enlatadas que lo hacían sonreír sin parar esperando el próximo pitido del teléfono móvil como si no fuera volver a sonar; pero ahora siempre sonaba, ahora cada vez que lo activaba con ese gesto tan de este tiempo, siempre aparecía el símbolo verde liberador que anunciaba sonrisas, sorpresas y, lo que es más importante, vida. El duende lo miraba complacido al ver que había abandonado una agonía tan impropia de los soñadores apátridas, "¿mi patria?; mi patria es allí donde llueve", solía repetir con ojos brillantes de deseo por descubrir nuevas luces.
Se levantó y caminó lentamente hacia la ventana. Una vez allí, después de unos segundos eternos, se giró y dijo al duende: -Está ahí, sentado al lado del cerdo de bronce, en el banco absurdo que no mira hacia ninguna parte. El duende sonrió con sus enormes ojos de viejo elfo desgastado. -¿Qué tal lo ves? Preguntó. -Triste. Respondió sin una sola duda. -Lo veo triste y cansado, como si le hubieran caído encima cientos de años que no vivirá.
El duende abandonó el rincón en el que se acomodaba a oír el rumor del mar que no cesa y avanzó hasta la ventana. Utilizando sus fuertes brazos se aupó hasta el marco para sentarse allí en un equilibrio perfecto propio de los duendes equilibristas que habitan en árboles tan viejos como la propia idea.
La luz plomiza anaranjada de las farolas lo cubría todo de melancolía. La niebla que subía cansina del mar pesaba sobre un paisaje urbano monótono, silencioso, vacío... Raúl permanecía inmóvil y encorvado tratando de conservar en su cuerpo el calor de días de verano llenos de risas y sueños. Había pasado algo más de un año desde que lo viera absorto en el paseo del mar con la mirada clavada en su teléfono móvil. Cuando ya estaba a punto de retirarse de nuevo del mar, Raúl apareció arrastrando una historia que había quedado incompleta.
Pasaron varios minutos hasta que su cuerpo diminuto en la distancia dibujara un sutil movimiento que terminó con una luz brillante entre sus manos; a ambos les pareció obvio que se trataba de su inseparable teléfono móvil. A su rostro cubierto por las sombras de la noche incipiente, llego una claridad sintética procedente de la pantalla que todo lo puede. El duende meneó la cabeza tristemente, él entendió sin palabras lo que quería decirle y permaneció en silencio.
Imaginaron dedos rápidos desplazándose una y otra vez por la pantalla del teléfono. El duende negó otra vez con la cabeza y él volvió a comprender lo que quería decir sin articular ni una sola palabra.
Después de unos cuantos minutos, pocos, Raúl se levantó, guardó el teléfono en el bolsillo derecho de la trasera de su pantalón y caminó en dirección a la bocacalle que conducía a su casa. -Demasiados días esperando para tan pocos datos. Dijo él. -Suficientes. Contestó el duende. –No me parece justo. Añadió el sin pensarlo demasiado. -¿Justo? Replicó el duende volviendo la cabeza para mirarlo escrutador. -Los sentimientos humanos tienen poco de justicia... Las palabras del gastado duende quedaron suspendidas en el aire, flotaron durante varios segundos y se esfumaron.
-¿Qué sería de Sara este verano? Masculló él para romper el silencio pesado que siguió a la sentencia del duende. -¿Recuerdas la despedida? Preguntó el duende para responder a su pregunta. -Claro que la recuerdo. Y recuerdo también a Raúl sentado en el paseo del mar cuando el otoño se hacía ya invierno. Varios días, varias horas allí sentado con el pequeño teléfono entre las manos mientras yo luchaba por no bajarme de enormes olas verdes que me zarandeaban a capricho. Cuando regresaba a casa agotado por el descomunal esfuerzo de la lucha desigual con el mar, alguno de los días, me hubiera gustado sentarme a su lado y contarle la historia de los dos pasos y medio que, normalmente, nos separan del abismo. -Eso si que hubiera sido injusto. Se trata de un niño de trece años. ¿Crees que sería capaz de entenderlo? Clamó el duende desesperado. ¿Crees que alguien querría compartir contigo semejante campo de batalla? Insistió acusador. -Lo que estás presenciando es un simple descubrimiento. Un dolor que viene, se va y tal vez no vuelva nunca más, así sois los humanos.
Por primera vez desde hacía muchos meses él no supo que decir. Su idea de que además de haberlo visto llorar, había conseguido domesticarlo a su antojo, quedó anulada con una simple y sencilla respuesta de duende cuando él más crecido estaba.
-Un invierno con sus largas noches de olas que aullan sin parar es demasiado largo para uno solo. Queréis pero no podéis, no estáis hechos para eso. Vuestras débiles manos no están preparadas para envolver regalos que no saben cuando podrán entregar y, en el peor de los casos, no saben ni si llegarán a entregar... Los ojos del duende se llenaron de lágrimas. Desde que empezó a pronunciar estas palabras supo que no debería haberlas pronunciado. Supo que no era justo porque él sí tenía todos los datos; conocía a Sara, conocía a Raúl y lo conocía a él. Los duendes tienen demasiada información por eso son tan sensibles.
Esa misma noche, sin precipitarse, decidió, durante la interminable vigilia a la que se vio sometido, que prolongaría algún día más su estancia al lado del mar. Se sentía partícipe de una historia que le resultaba tan enternecedora como ajena.
A la mañana siguiente cuando se lo comunicó al duende con gesto despreocupado mientras tomaba café y fumaba apoyado en la barandilla del balcón, éste contrajo los músculos de la cara en una mueca de dolor y preocupación  que no había mostrado hasta entonces. -Esta historia no te pertenece. No puedes sufrir por algo que no es tuyo. Aquí no tenemos nada que hacer, dijo extendiendo los brazos y mostrando las palmas de ambas manos. Él depositó la colilla del cigarro en una lata de refresco vacía y se limitó a esbozar algo parecido a una sonrisa.
Durante el resto del día volvió a su desigual lucha con las olas; despistado y entorpeciendo a los que junto a él se mezclan con un océano que no se detiene. De vez en cuando, cuando el mar dejaba de escupir una ola tras otra, sentado en su débil tabla, observaba al duende acomodado en las rocas frente a la cueva cuya boca dibuja un corazón perfecto. En aquel momento ya era demasiado tarde para poder prescindir del ruido que emiten las olas cuando se está dentro de ellas pero, cuando los músculos le dolían hasta hacerle brotar las lágrimas, deseaba con todas sus fuerzas volver a sentarse tranquilamente bajo la destartalada sombrilla barata de propaganda a inmiscuirse en los entresijos fantásticos del genio japonés que lo tenía subyugado, contemplando despreocupado las idas y venidas de Sara y Raúl. Si hubiera sabido que presenciaría aquella conversación en el banco que no mira a ningún sitio, seguramente no les hubiera prestado tanta atención; ahora ya es demasiado tarde, pensó mecido por el agua verde cubierta por los espumarajos del mar de fondo.
Aquella tarde al salir del agua sintió que probablemente fuera la última vez, volvió la cabeza hacia el mar y cabizbajo cruzó la playa para volver a casa.
La luz del atardecer brumoso empezaba a inundarlo todo cuando se asomó de nuevo a la ventana desde la que se veía la plaza. Poco después el naranja de las farolas se apoderó de las sombras. No tuvo que esperar mucho, al poco rato, con paso cansino apareció la figura espectral de Raúl. Se sentó en el banco al lado del cerdo de bronce y, como el día anterior, encorvó el cuerpo y hundió los hombros como muestra de debilidad.
Un minuto, dos, tres, cuatro... las notas del arpa de Lorena inundaron la habitación, se giró sorprendido y vio al duende sonriendo en su rincón; hacia algún tiempo que no llevaba reproductores de música con él. Miró al duende y sonrío sabiendo que pasaría algo extraordinario... En la plaza la escena seguía siendo la misma: bruma marina teñida de naranja, un banco que no mira a ningún sitio al lado de un cerdo de bronce y sobre el banco un cuerpo indefenso. Por lo menos, esta noche no llueve, pensó al volver a contemplar la escena.
No se dio cuenta de cuándo el duende posó la pequeña mano sobre su hombro derecho. Sintió un escalofrío y luego confusión en su cerebro. Un instante de desequilibrio y frente a él vio desdibujada una habitación que no conocía; otro desequilibrio, la imagen que se enfoca y claramente puede ver a Sara sentada frente a una sencilla mesa de escritorio llena de las cosas que suelen poblar estas mesas. La niña se recuesta sobre el respaldo de la cómoda silla de oficina de color granate; lleva un chándal holgado de color gris y zapatillas rosa; el pelo desordenado recogido en un moño anárquico hecho deprisa con una cinta elástica negra. En sus pequeñas manos blancas sostiene el teléfono móvil, activa y desactiva la pantalla con gestos compulsivos. Lo deja sobre la mesa. Uno, dos, tres, cuatro segundos y vuelve a cogerlo, la pantalla se ilumina. Se levanta y camina hacia una de las ventanas de la habitación cubierta por una cortina de tela basta decorada con topos azules. Ahora puede ver su cara desencajada, crispada de contar horas, minutos, segundos...
Le hubiera gustado darse la vuelta y decirle al duende que ya era suficiente, que entendía. A los duendes no les está permitido esta clase de demostraciones pero comparten esta historia desde el principio y, tal vez, quería sacarlo del bucle en el que estaba metido desde aquella noche del pasado verano. Mareado, confundido, sobrepasado por lo que está presenciando ya no es capaz de identificar en que círculo del mundo se encuentra.
Sara separa la cortina y deja a la vista una negrura anaranjada similar a la que él tenía delante sólo unos minutos antes. Se separa de la ventana y camina con indecisión por la habitación hasta sentarse encima de una cama estrecha pulcramente cubierta por un edredón nórdico con funda de corazones de distintos colores y tamaños. Con sumo cuidado dejó el teléfono móvil desactivado sobre la cama, a su lado. En su cara de niña recién llegada al mundo de los mayores se ve dibujada una reconocible mueca de agonía y, otra vez, deseó detener esta visión y volver a escuchar la salmodia cansina del mar que lo redimía al instante.
Notaba el cuerpo blando, cada vez era menos capaz de reconocer en donde estaba físicamente emplazado. Cuando se sumergía en los universos paralelos de relatos oscuros y enrevesados deseaba con todas sus fuerzas probar algo así; encontrase con el hombre carnero, con la crisálida de aire… El duende al reconocer en él estos pensamientos perniciosos negaba desesperado con la cabeza, sabía que no le convenían estos universos, al mismo tiempo, poco o nada podía hacer para alejarlo de ellos.
Sara se levantó, volvió a caminar hacia la ventana, se sentó de nuevo en la cama con la vista clavada en el teléfono blanco con carcasa de escamas verde botella. Se acurrucó  sobre el edredón dejando el aparato a su espalda... Empezaba a contar segundos cuando un bip-bip metálico la hizo girarse bruscamente para coger ansiosa el teléfono con la pantalla recién iluminada.
Él se tambaleó sacudido por un espasmo y volvió a verse junto a la ventana de la habitación en la que se sentaba con el duende a escuchar el mar. Fuera, Raúl seguía en la misma posición, ahora con las manos aplastadas bajo los muslos...

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