lunes, 6 de octubre de 2014

GLOBAL: EL PADRE WALTER... TODOS REYES, TODOS POETAS.

Corriendo sentí un viaje por la superficie helada de Groenlandia.
Recordé un vuelo procedente de la terminal de vuelos domésticos de Reykiavik que se desvió de su ruta debido a una niebla pastosa que lo inunda todo para acabar en el aeropuerto de Kangerlussuaq, al borde del gran fiordo que lleva el mismo nombre, dentro del círculo polar ártico. Un rato después de la sorpresa del inesperado cambio de rumbo tuve que acudir a los folletos turísticos de la terminal para saber en dónde había querido la niebla que acabásemos. El piloto avisó por la megafonía del avión de hélices en el que viajábamos al hielo que aterrizaría allí sin ofrecer al pasaje más detalles. Los miembros de la expedición nos miramos con cara de sorpresa, ninguno conocía este singular destino. 


Fiordo de Kangerlussuaq. Groenlandia

En la única sala de espera, una vez hubimos desembarcado todo nuestro equipo, nos informaron de que intentarían volar al destino original (Narsarsuaq) a última hora de la tarde; de no ser posible tendríamos que esperar hasta el día siguiente, o quién sabe... 
Las caras somnolientas de expedicionarios de medio mundo e incluso varios inuits, indican que la paciencia es una virtud importante no sólo en las grandes montañas si no también cuando se viaja a cualquiera de las regiones más inhóspitas del planeta. Horas después conseguí averiguar que algunas de aquellas personas llevaban esperando allí varios días para viajar a su destino definitivo. Nosotros, recién llegados y todavía frescos, tomamos la improvisada escala como un regalo turístico de la compañía aérea y de la niebla de este país salvaje e imposible en el que las únicas leyes existentes parecen ser las que dicta el hielo, que no es poco.
Pasamos las primeras horas entre risas y fotografías junto a un singular letrero que indica las distancia en kilómetros y horas con las principales ciudades del mundo. Una vez pude sacar mi mapa de la mochila, comprobé con asombro que probablemente nunca en mi vida volvería a estar tan cerca de la mítica isla de Baffin, con toda seguridad el helador viento que soplaba del oeste procedía del mar y la bahía del mismo nombre.


En el aeropuerto de Kangerlussuaq. Groenlandia

Las horas pasaron, llegó el atardecer que no lo es y nos llamaron a la puerta de embarque para explicarnos que no volaríamos hasta la mañana siguiente. Al parecer, todos los aeropuertos de este país imposible estaban cerrados a causa de la densa niebla.
Mientras esperábamos noticias sin salir de la terminal, al oírnos hablar en español, se acercó a nosotros un chico joven, vestía de negro y llevaba alzacuellos por lo que no fue muy difícil suponer que se trataba de un sacerdote. Con un marcado acento argentino se sentó al lado de nuestro grupo y preguntó a dónde íbamos y de dónde veníamos cada uno de los cinco integrantes que lo componíamos. Una vez satisfecha su curiosidad y la nuestra se abandonó a sus pensamientos después de comentarnos que llevaba dos días esperando a que saliera su vuelo. Hasta aquí todo hubiera sido normal, una conversación intrascendente característica de la sala de espera de cualquier aeropuerto singular del mundo.
Ante la inoportunidad de esta escala forzosa nos entregaron a cada uno un vale de 150 coronas danesas para cenar en la cafetería del principal aeropuerto de Groenlandia. No habíamos comido nada desde el temprano desayuno al que nos vimos obligados para coger nuestro vuelo en Reykiavik y estábamos famélicos. En cuanto se hizo efectiva la amenaza de que no volaríamos, la principal prioridad era comer. Empujados por el hambre, dejamos todos los bultos de la expedición amontonados frente al mostrador de embarque de la compañía Air Greenland y corrimos hacia el comedor. Circunstancias de este tipo le enseñan a uno que lo mejor en estos casos es apostar por lo más seguro: pasta y pollo. Siempre debe ser así, en cualquier parte del mundo en la que sea posible esta elección, la primera comida o cena debe estar compuesta por pasta y pollo.
Tengo la cena de ese día clavada en mi memoria, hoy volvió a la carrera.Pedí ensalada de pasta y un gran plato combinado compuesto por patatas fritas congeladas, pollo asado y un par de huevos fritos; de postre skyr con moras. Una vez todos nos hubimos servido cuanto quisimos nos sentamos en una mesa con servicios para diez personas.  Aún no habíamos empezado a comer cuando vimos que se sentaba en la misma mesa que nosotros el joven vestido de traje negro con alzacuellos en la camisa. Con la familiaridad de los que comparten mesa y mantel se presentó como padre Walter, tenía veintinueve años y era de Alta Gracia, en la provincia argentina de Córdoba. No nos dio repara empezar a devorar nuestra comida mientras él hablaba, en estas circunstancia no hay lugar para formalismos. Los alimentos de nuestros platos desaparecieron a velocidad de vértigo y cuando nuestros estómagos encontraron algo de calma empezamos a lanzarle preguntas al padre Walter, sentado  a mi lado con las manos vacías cruzadas encima del hueco vacío de su puesto en la mesa.
Ante nuestra cortés curiosidad nos contó que llevaba algo más de un año visitando distintas localidades inuits de la costa oeste de Groenlandia y que su vuelo de Nanortalik a Thule se había interrumpido hacía dos días, a causa de la niebla, en Kangerlussuaq. Evidentemente su aspecto lo delataba pero en esta presentación formal comentó que era un sacerdote en misión evangelizadora de la iglesia católica. Mis ojos se abrieron como platos mirándolo con tanta indiscreción que conseguí que se ruborizara su rostro enjuto y pálido.
En aquel momento me pareció absurdo preguntarle a una persona de veintinueve años ¿por qué?, ¿qué buscas en un lugar así? La sensación de incomprensión aumentó cuando empezó a relatarnos cómo eran los inviernos en Groenlandia con la oscuridad de la noche polar mermando la vida casi durante seis largos meses. Allí sentado, en una situación como sólo pueden propiciar este tipo de expediciones, vino a mi cabeza el impresionante relato de Apsley Cherry-Garrard en su libro El peor viaje del mundo. Con inusitada sencillez, este superviviente de la expedición al Polo Sur de Robert Falcon Scott entre los años 1910 y 1913, narra el viaje que realizaron durante más de dos meses de oscuro e impenetrable invierno antártico tres miembros de la expedición de Scott al cabo Crozier, en el mar de Ross, para recoger tres tristes huevos de pingüino emperador. ¿Qué impulsó realmente a aquellos hombres a arriesgar sus vidas adentrándose en la siniestra oscuridad de la noche glacial para intentar recoger huevos de pingüino emperador durante la fase de incubación?
No recuerdo al padre Walter defendiendo en ningún momento su labor entre los esquimales, sencillamente se limitó a exponer lo que estaba haciendo. Sabéis que Groenlandia es el país del mundo que tiene la mayor tasa de suicidios por número de habitantes y una de las más altas de ingesta de alcohol, concluyó con serenidad.
La conversación con él se estancó en este punto cuando vinieron a avisarnos de que el transporte con destino al hotel en el que pasaríamos la noche estaba a punto de partir. Todavía teníamos que acarrear nuestro material hasta el todo terreno y cargarlo, por lo que tuvimos poco tiempo para despedirnos del incansable sacerdote argentino evangelizador de esquimales. Nos deseamos suerte y partimos.
Cuando estábamos a punto de abandonar el comedor volví la vista atrás, Walter seguía sentado a la mesa aprovechando los restos de la comida que habíamos dejado en los platos, la mayoría eran pieles, trozos poco pasados y huesos de pollo. Comía lo que podía con inusitada avidez sin levantar la cabeza del plato nada más que para alargar sus brazos sobre la mesa en busca de otra ración...

El padre Walter, los expedicionarios del viaje de invierno al cabo Crozier, tú, yo... ¿Cuál es la locura? ¿Quién domina los sentimientos más salvajes? Todos reyes, todos poetas...
Como dice la canción de los Marea: "Ponte el moño apretao, sirena, que se joda el viento..."

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