miércoles, 18 de septiembre de 2013

SARA, RAÚL Y EL DUENDE...

Los veía todos los días, a todas horas y en todos los lugares posibles. En la playa, en el paseo, en la plaza... En bicicleta, en monopatín, andando... Ninguno de los dos supera los trece años.
Raúl es de un pequeño pueblo costero y Sara va allí de vacaciones con su madre todas las temporadas. Se conocen desde siempre. Crecieron juntos al ritmo de las mareas sin más obligación que ponerse morenos y disfrutar de la vida amparados por la libertad que proporcionan las pequeñas localidades sin peligros objetivos.
Aunque todos los veranos se acababan, por algo que ignoro, éste fue especial para Sara y Raúl; supongo que de alguna manera el paso del tiempo les hizo descubrir sus sentimientos, sus cuerpos...Ahora ya no corretean desnudos por la playa ni hacen castillos de arena; bueno, y si los hacen, son de los que duelen cuando los derriba la vida.

-Es una historia normal ¿verdad?. A mi me lo parece.-
Una noche sin luna salí al balcón como hago siempre antes de acostarme. Encendí un cigarrillo y comprobé que el duende estaba sentado en la barandilla contemplando la noche en silencio. Después del viaje desesperado a los Alpes habla lo indispensable, es más, creo que decidió comunicarse únicamente con su amplio repertorio de gestos elocuentes.
Sólo se oía el murmullo del mar y los ecos difusos de la terraza de algún bar lejano. Era, como suelen ser allí, una noche tranquila en el exterior de mi cabeza.
Bajo el balcón hay un banco que está siempre vacío. Es de esos bancos de colocación absurda que nadie utiliza nunca porque no miran hacia ningún sitio.
Los vi aproximarse en silencio por la acera de enfrente. Comprendí enseguida que algo no iba bien. Sara grita siempre como un demonio y hoy los dos caminaban en silencio, con la cabeza agachada y concentrados cada uno en su inseparable teléfono móvil. En alguna ocasión los observé jugar durante horas en un banco de la plaza; todo eran risas, gestos de complicidad y mimos entre dos personas que traspasaron, sin darse cuenta, el umbral de lo permitido para no sufrir.
Cruzaron la calle y se sentaron en el banco absurdo bajo mi balcón.
Continuaron mucho tiempo en silencio ensimismados en sus móviles. No sé, cinco, diez, quince o veinte minutos sin articular palabra. Sin mirarse. Intentando ignorarse para evitar algún tipo de dolor. De pronto, como no podía ser menos, Sara rompió el silencio.

-Mi madre dijo que estaría todo preparado para salir a las once-.
Raúl levantó la vista del teléfono y la miró. Con la voz encogida por el miedo, respondió:

-¿Quieres que me asome a despedirte desde la esquina?. -
-Sara hizo un movimiento negativo con la cabeza. Estaba segura de que él estaría igualmente viendo como se iba escondido detrás de las cortinas del salón de su casa.
Necesité sólo dos frases para entender lo que estaba pasando. Tenía un dolor imposible bajo mis ojos. Recogí las cosas del balcón y me dispuse a entrar; ni debía, ni quería escuchar el resto de la conversación.

Miré al duende, que con un sutil ademán, me indicó que me quedara. No me gustó pero accedí en el momento que empezaba a sonar en mi cabeza el arpa de Loreena McKennitt.
Después de otro silencio interminabe, Sara preguntó con la voz ahogada por las lágrimas:

-¿Vas a seguir queriéndome, te vas a olvidar de mí...?.-
Fue suficiente para hacerme entrar cerrando la puerta sin hacer ruido. Esos son momentos mágicos que pertenecen sólo a dos personas y, en algunas ocasiones, a dos personas y a un duende.
Cuando tuve todo dispuesto para meterme en la cama, el duende del bosque húmedo de Pirineos preguntó:

-¿Crees que cumplirán todo lo que se prometan?-.
Desde que hiciera su gesto para que me quedara tenía muy claro que aquella jornada no acabaría sin una pregunta despiadada. Dudé la respuesta, poniendo cara de fastidio, respondí alto y claro:
-Me gustaría dormirme pensando que sí...-.
Algún tiempo después mientras fotografiaba gaviotas al atardecer encontré a Raúl sentado en un banco del paseo del mar. En el mismo banco de siempre; aquel en el que compartía los lentos atardeceres de verano con Sara. Pasaran ya dieciséis días desde aquella noche y la luna volvía a estar casi redonda como una galleta. La escena era simple y repetida; una figura menuda con la cabeza inclinada sobre un teléfono móvil que ni siquiera levantó la vista cuando pasé frente a él. El tiempo pasa y caminamos inexorables hacia otro verano ¿serán capaces de resistir los colores del otoño, unas Navidades, una Semana Santa y... una primavera llena de sol?, ¿los cumpleaños de cada uno en su rincón?, ¿las largas noches de lluvia?, ¿los exámenes?...-.
-¡Qué tontería! Acabo de recordar sus cartas hablándome de cómo iba en los exámenes. ¿Cuántas estaciones se sucedieron desde entonces? Y la vida ¿cuántas vueltas dio la vida? Bueno, a todo esto, yo sólo fui una pequeña parte... Desde luego no sabíamos lo que podíamos llegar a ser y mucho menos lo que podíamos llegar a destruir.-

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