lunes, 15 de septiembre de 2014

IMPROBALBE, NON IMPOSIBLE

Cova de Traslacosta. Paderne. Serra do Caurel. Foto: Guillermo Díaz Aira
Outra vez é unha forza coñecida e familiar da que tirar ilusión.
Era improbable, non imposible.
Lembro unha tarde baixo o sol de xullo ao pé das paredes de Valdehuesa; alí con calma pechouse un libro para abrir outro distinto. Non lembro o que pensei cando oín as palabras: -non volverei a baixar, quero sol, rocha, aire... Probablemente non o tomei en serio ocupado noutros soños; logo, o tempo, encargouse de facer tallante a súa frase.
Parecía imposible despois do vivido, despois dunha historia con tinguiduras épicas que nos aprendera a amar a montaña, aos outros e a nós mesmos. O vicio de escoitar a nosa respiración e a dos demais é de aquela época de quimeras tolas.
Apretamos como só saben facelo os nómades sentindo cada segundo fóra da realidade exterior. Algúns nomes quedaron gravados tan fondo como os lugares aos que decidimos que iríamos: Valporquero, Sima del Carlista, Torca de los Caballos-Cueva del Valle, Tête Sauvage-La Verna, Cueto-Coventosa, Mortero de Astrana, Sistema del Republicano, Torca Juanín... Estes lugares conservan barro, humidade, olor a carburo, cansanzo, desasosego, ilusión, vida... Alí forxáronse as gañas de demasiadas horas sen osíxeno que virían despois dunha sentenza lóxica cargada de vida.
Unha vez máis quixemos escoitar a mensaxe que chega do interior a cachóns, concentrar  nunhas poucas horas o peso de moitos quilómetros en anos disparatados pedindo risas compartidas en lugares insospeitados.
Dous corpos desfeitos e cheos de barro tirados xunto á fonte da praza da escola de Arredondo, ollos lunáticos radiantes de cansazo; era sinxelo, primario, irracional... Un bar cheo de xente uniformada de verde con olor a carburo co inunda todo... Un chan de madeira nun vello asilo con saco de flores... -Se temos que volver atrás saco a navalla e crávoma... Quixemos soños que nos sacaran un intre do corpo e por primeira vez fun viaxeiro alí tirado nun chan cálido; non quería durmir para conservar aquela sensación de abandono despois de 34 horas de batalla desigual na rede do silencio... Tal vez, só tal vez, fomos buscar na Tête Sauvage perpetuar esa sensación e a auga sepultouno todo; calquera manual que fale de viaxeiros explica claramente que non se pode, que é imposible vivir permanentemente fóra do corpo. Tal vez, só tal vez, cada un dos pasos dados despois foi unha busca baleira por repetir aquela sensación que durou ata que chegou o soño, pouco. Tal vez, só tal vez cando saín por Horcones co corpo ao límite recordei aquela sensación e o recordo fíxome parecer máis livián; non hai dúbida de que el tamén estaba alí, no derradeiro paso.

Entre a vexetación dura que deixa marcas fondas na pel o aire trouxo de novo olor a neve no que se perciben matices distintos.
-A neve xa non ole igual! Resoa o trasno.
-Seguirá sendo neve, a mesma de todos os invernos en calquera dos continentes, pero a vida encárgase de darlle un olor diferente. Respondo.
-E as pegadas? Excalama o trasno.
-As pegadas son necesarias para guiarnos. Conclúo.
Un día, nun aeroporto, vin chorar a un trasno. Agora está despistado no seu bosque húmido, supoño que tamén agarda a neve...

Otra vez es una fuerza conocida y familiar de la que absorber ilusión.
Era improbable, no imposible.
Recuerdo una tarde soleada bajo las paredes de Valdehuesa; allí con calma se cerro un libro para abrir otro distinto. No recuerdo que pensé cuando oi las palabras: -no voy a volver a bajar, quiero sol, roca, aire... Probablemento no lo tomé en serio ocupado en otros sueños, el tiempo hizo tajante su frase. También parecía imposible después de lo vivido, después de una historia con tintes épicos que nos aprendió a amar la montaña, a los otros y a nosotros mismos. El vicio de escuchar nuestra respiración y la de los demás es de aquella época de quimeras locas.
Apretamos como sólo saben hacerlo los nómadas sintiendo cada segundo fuera de la realidad exterior. Algunos nombres quedaron grabados tan hondo como los lugares a los que decidimos que iríamos: Valporquero, Sima del Carlista, Torca de los Caballos-Cueva del Valle, Tête Sauvage-La Verna, Cueto-Coventosa, Mortero de Astrana, Sistema del Republicano, Torca Juanín... Estos lugares conservan barro, humedad, olor a carburo, cansancio, desazón, ilusión, luz, vida... Allí se forjaron las ganas de muchas horas de aire sin oxígeno que habrían de venir después de una sentencia lógica cargada de vida.
Una vez más quisimos escuchar el mensaje del silencio que llega del interior a borbotones, concentrar en unas horas el peso de muchos kilómetros en años disparatados pidiendo risas compartidas en lugares insospechados.
Dos cuerpos deshechos y llenos de barro tirados junto a la fuente de la plaza de la escuela de Arredondo, ojos lunáticos radiantes de cansancio; era sencillo, primario, irracional... Un bar lleno de gente uniformada de verde con olor a carburo que lo inunda todo... Un suelo de madera en un viejo asilo con un saco de flores... -Si tenemos que volver atrás saco la navaja y me la clavo... Quisimos sueños que nos sacaran unos instantes del cuerpo y por primera vez fui viajero allí tirado en un suelo cálido; no quería dormir para conservar aquella sensación de abandono después de 34 horas de batalla desigual en la red del silencio... Tal vez, sólo tal vez, fuimos a buscar a la Tête Sauvage perpetuar esa sensación y el agua lo sepultó todo; cualquier manual que hable de viajeros explica claramente que no se puede, que es imposible vivir permanente fuera del cuerpo. Tal vez, sólo tal vez, cada uno de los pasos dados después fue una búsqueda vacía por repetir aquella sensación que duró hasta que llegó el sueño, poco. Tal vez, sólo tal vez, cuando salí por Horcones con el cuerpo al límite recordé aquella sensación y el recuerdo me hizo parecer más liviano; no hay duda de que él también estaba allí, en el último paso.

Entre una vegetación que deja marcas profundas en la piel el aire trajo de nuevo olor a nieve en el que se perciben matices distintos...
-¡La nieve ya no huele igual!. Resuena el duende.
-Seguirá siendo nieve, la misma de todos los inviernos en cualquier continente, pero la vida se encarga de darle un olor diferente. Respondo.
-¿Y la huella?. Exclama el duende.
-Las huellas son necesarias para guiarnos. Concluyo.
Un día, en un aeropuerto, vi llorar a un duende. Ahora está despistado en su bosque húmedo, supongo que también espera la nieve...

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada